Tener un muerto en la familia es un suceso muy importante en la vida de todo individuo, uno no llega a la adultez real hasta que se le muere alguien querido. No es hasta que se experimenta el café viejo, las galletas y el queso de papa, las flores en coronas de colores y el inmenso dolor que se siente al perder a alguien amado, que se alcanza la madurez. Existen muchas clases de muertos, los que el pueblo completo va a visitar a la funeraria, los que son llorados por sus más íntimos, los que se quedan solos y hasta los que se merecían la muerte. Algo si debemos de tener claro, siempre debe de haber un muerto en un funeral. Alguna vez en alguna funeraria de La loza, no hubo muerto en un funeral.
Doña Condolencia de Pasada, una fiel creyente en los cielos y los infiernos de las panderetas, siempre fue una mujer fuerte. Le gustaba hacer las cosas a su manera, así lo decidió desde que salió de su isla. Inmigrante al fin, luchó por criar a sus hijos, atender a su marido y pertenecer a la junta de vecinos de Miramar. Ya entrada en años, Condolencia se enfermó, quedó postrada en una cama. Poco a poco fue perdiendo su funcionalidad, primero no recordaba a sus familiares, luego olvidó por completo su bella historia. No empece a esto, Doña Condolencia demostraba rasgos de capataz. Afirmaba mandatos a troche y moche y aseguraba violencia a todo el que se aproximara a su entorno. Poco a pocos su salud fue decayendo, ya su sistema no procesaba bien la vida. La familia llevaba 13 años en esta tortura, pagaban el asilo, los doctores y el regimiento de medicinas para verla empeorar cada día más.
Ya la espera se hacia amarga, Condolencia estaba por morir, al menos eso afirmaban los doctores. La agonía le corría por la venas y de esta no salía. Apoyados por el médico, le removieron todo tipo de máquinas de aire, comida y medicinas y esperaron a que la muerte se la llevara. Prepararon el funeral, escogieron caja de muerto, cementerio, flores, arreglos y banquetes. Llamaron a los parientes del exterior, quienes con tristeza y cierto alivio tomaron aviones, trenes y barcos para llegar al funeral de Doña Condolencia. La funeraria se llenó de gente, por varios días esperaron sentados en las capillas ardientes tomando café, galletas y quesos pero la señora no acababa de morirse. Se les venció el plazo de espera y luego de una semana, tuvieron que abandonar los servicios funerarios y regresar a su país.
No había muerta en este funeral… Doña de Pasada no osaba en morirse, aunque su caja estuviera lista, las coronas de flores la esperan y su familia se tuviera que ir del país, la mujer esperó un año en desencarnar. Para que aprendieran que los funerales tienen por obligación que tener su muerto.